Un día voy a irme. Cerraré la puerta tras de mí y, en homenaje al día de diciembre en que me propusiste matrimonio, vendrán conmigo solo veintiocho cosas. La maleta fina, esa a la que no se le atoran las llantitas. Tu sonrisa más íntima. El cargador de tu teléfono celular. La licuadora más cara del mundo. El único de nuestros hijos que se parezca a ti. La llave del candado de las bicicletas, pero no las bicicletas. El cariño de tu madre. Los cordones de tus zapatos. El desorden de la sala que me corresponde. La vista al mar. El papelito que evita que el escritorio se bambolee cuando escribes. Las baterías de todos los controles de la casa. Mi impuntualidad. La chaira con la que afilas los cuchillos. Las mañanas de domingo. Las discusiones ruidosas a las dos de la mañana. El espiral de cada una de tus libretas de apuntes. Las libretas te las dejo. Te dejaré el silencio, mi ropa sucia, el pelo que se junta en el desagüe, la cafetera malograda, las cartas de amor que otros me escribieron. Te quedarás con los lunes, los resfriados, la copa de vino quiñada que nunca devolvimos en la tienda. Conmigo se irá tu olor, las marcas de tus labios en mi cuello, la memoria de la primera tarde que compartimos un cigarro. Voy a marcharme solo si consigo llevarme el modo que tienes de despeinarte cuando estás despierto hasta que amanece. Las páginas subrayadas de tus libros. Cada una de las calles donde me besaste. La receta de todos los platos que has cocinado. El hueco que tienes en el diente que te quebraste a los dieciocho años. Esa canción que escuchamos todas las mañanas. La promesa de que no vas a querer a nadie más que a mí. Voy a quedarme con tus ojos. Será ese día, y no otro, cuando por fin me decida a abandonarte.
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